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Soy más de pueblo que un arado. Capítulo 7: Un funeral de muerte

Soy más de pueblo que un arado. Capítulo 7: Un funeral de muerte

Querido urbanita almendrón:

    Tú vives en una sociedad deshumanizada, en la que las viejas tradiciones han quedado desterradas. Una sociedad higiénica al máximo, que trata de alejarse de la vida, como quien trata de huir de un jabalí rabioso. ¡Ah, ignorante de la vida! En los pueblos seguimos pegados a la vida, y por eso seguimos celebrando los entierros como Dios manda, sin tanatorios y todas esas cosas modernas.

    En los pueblos la mayoría de los velatorios son en la casa del difunto. Generalmente el difunto es un yayo muy yayo, así que queda poco margen para los dramatismos innecesarios. Pero hay que pasar por casa del muerto, a dar el pésame y todo eso de hacer compañía a la familia. La escena suele ser la misma siempre. La caja en el patio, que se vea pero que no moleste. Si tienes ganas de emociones fuertes puedes pedir que te abrán el ataúd, pero vamos, para lo que vas a ver... En la calle se quedan los hombres a fumar y comentar la jugada. Que si no se hablaban con el hermano, que si con aquel riñó por un tema de tierras, pero que buena gente era, tú... Otro tipo de conversación es la que lleva a la chanza y a la risa, que será por la situación, suele ser la que predomina. Cuando aparece algún allegado, se cambia el tono y se vuelve al “no somos nadie”, “todo el mundo lo apreciaba”, etc. Y unos cuantos “te acompaño en el sentimiento”. En la primera planta de la casa, en el salón, están las mujeres enlutadas. De un vistazo se distingue las que son de la familia de las que no. En las de la familia hay cara de cansancio. El resto de mujeres también comentan la jugada, pero con más disimulo –y mala virgen- que los hombres.

Dependiendo de lo “fresco” que esté el fiambre, el entierro es por la mañana o por la tarde. Por la tarde da más pereza, porque suele ser a la hora de la siesta. Al muerto le da igual. Minutos antes de que llegue el cura, hay un debate familiar sobre dos puntos harto importantes.

-Punto uno. Si la caja del muerto se lleva a hombros: quién la lleva y en que posición. Porque el sobrino podía quererlo mucho, pero sus primos miden 1,80, y él sólo 1,60, y ya me dirás como queda eso. Si al final el sobrino se empeña en llevar la caja, ésta va dando saltitos, que parece que llevan al abuelo de fiesta. Si la caja va en coche, se debate quien acompaña al conductor.

-Punto dos. Las coronas y centros de flores. Aquí, antes del debate sobre su transporte, hay polémica sobre la cantidad. Si hay muchas coronas: “Mira cuanto querían al yayo, que le han mandado todas estas. Ahora, no sé que haremos con tantas, que es que la gente se pasa tres pueblos...”. Si hay pocas: “Fíjate que miserables son, que ni mandar una triste corona. Pues el yayo bien que les ayudó siempre que pudo... Y su prima no ha mandado, la muy....”.

Tras analizar la cantidad y la procedencia de las flores, hay que determinar quién las lleva y en qué orden van en el cortejo fúnebre hasta la Iglesia. Esto ya es de diplomacia fina. “Primero la de los hermanos, ¿no? Y que la lleven las sobrinas”, dice un primo. ”No me jodas, que con su hermano Juan no se hablaba”, dice otro. “¿Pero en esta corona entran todos los hermanos o sólo con los que se hablaba?”. El debate concluye cuando se oye llegar al cura: “A tomar por culo, las lleváis como os salga de los..., que a él le va a dar igual”, dice un hijo señalando a la caja.

    Llega el cura. Como los críos ya no quieren ser monaguillos, el que hace de monaguillo suele tener cincuenta años, y queda un poco, ejem, curioso de ver. El cura echa la bendición y, aú, a la Iglesia. Si la casa esta cerca de la Iglesia, todo sin problemas. Como esté un poco lejos y lleven el ataúd a hombros... Prepárate para momentos de tensión. Al final el sobrino bajito se empeña en llevan la caja. El sobrino bajito, a mitad de camino, empieza a sudar. Otro sobrino se queda en la reserva por si el bajito pide el cambio, pero el bajito es orgulloso y aguanta como un campeón. En realidad los que aguantan son el resto de sobrinos que llevan la caja, que también empiezan a sudar y a acordarse de los muertos más frescos del primo bajito, incluido el que tienen encima.

    En la Iglesia, el cura no tiene prisa y va repasando la vida y glorias del difunto –que tampoco tiene prisa- durante la misa. En realidad, lo que hace el cura es usar un discurso tipo que tiene para los funerales, en el que deja un espacio en blanco para poner el nombre del finado de turno. Si el yayo no te tocaba muy de cerca, lo suyo es esperar al final de la misa fuera de la Iglesia. Uno se queda de guardia en la puerta y avisa al resto de cuando llega el final de la misa, para entrar con el tiempo justo a dar el pésame. Gracias a los móviles, ahora también se puede avisar a los que se están en el bar a través de un sms.

    Acabado el show, queda el camino al cementerio. Como ya has dado el pésame, esto es opcional, porque lo importante era quedar bien. Pero vale la pena acercarte a ver el último acto de la obra. Además, puedes aprovechar para “visitar” a los “conocidos”, aunque no se levantarán para saludarte... Lo bonito es quedarte en el cementerio a ver como el albañil cierra el nicho, con un cigarro en la boca, mientras jura en hebreo porque el cemento no se agarra a la lápida. RIP.

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4 comentarios

Cohen el Bárbaro -

Soberbio... "paices de pueblo quió !! " Espero el comentario de Semana Santa con todo lo que arrastra.

Falceitor -

Genio también de la sociología!! Me quito el condenado, jodido y puto sombrero!!

Diego M -

Canela en rama, canalis. Extraordinario relato. Mucho mejor que "Instituciones de Derecho Mercantil II", donde va a parar!

Chic -

No valgo para el oficio de censor. Se me escapan entre las manos textos que ofenden al buen gusto, jejeje. Felicidades, la número siete, como en Loca Academia de Policía, es la mejor de la serie!

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