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Oviedo en el hígado

Oviedo en el hígado

 

No los vimos ni de lejos. Y a Bob ni olerlo.

 

    Oviedo es una ciudad en la que hay más estatuas que habitantes. Pero durante nuestra estancia, lo que predominaba en el paisaje eran los policías nacionales. Los alumnos del master de comunicación nos desplazamos a la capital asturiana el miércoles día 24, invitados por la Fundación Príncipe de Asturias. El objetivo de la Fundación era mostrar a los futuros periodistas las bondades de la Fundación y sus Premios, que se entregaban el viernes. Nuestro objetivo era pasárnoslo bien, y eso hicimos hasta nuestro regreso a Zaragoza el jueves.

 

    Había mucha policía porque los Príncipes ya estaban allí, asistiendo a sus actos oficiales y a sus labores. Y en medio de todo aquello, nosotros intentamos aprovechar para hacer algo de turismo. El miércoles tratamos de descubrir la belleza de la ciudad, pero yo no la encontré. Primero nos fuimos al casco histórico, para descubrir que era oscuro y olía a rancio. Las calles y las casas rezumaban antigüedad, y tenían un efecto contagioso sobre el ambiente. Recordamos que por algo Oviedo era la literaria Vetusta. Tras un rápido recorrido, pensamos en probar la sidra, con la ilusión de que cambiaría nuestra visión. Pero la cosa no mejoró: el carácter de los que atendían la sidrería era como el de su ciudad, oscuro. Y para tratar de acabar alegremente el recorrido, qué mejor que visitar la estatua de Woody Allen y toparnos con otra decepción. Si le hubieran puesto un sombrero delante en el suelo, creo que la gente le hubiera echado monedas, tanta era la pena que daba.

 

    Finalizada la escapada, caímos en las redes de la organización de la Fundación. Así, esa misma noche nos llevaron a una cena informal con la gente de otros master de periodismo. La comida estaba muy buena, pero la coral que pusieron para amenizar el acto muy amena no era, la verdad. Allí confraternizamos con nuestros futuros compañeros: los del Abc muy majos; los de la Cope eran minifedericos; y los de El País parecían hijos de Juan Luis Cebrían, todos con su chaqueta de pana, su melena y su barba. La sidra fue poco a poco dando fluidez a nuestras conversaciones y alterando nuestra vertical. Despreocupados por el mañana, disfrutamos de la noche, aunque yo no podía dejar de pensar que la fiesta posterior era una estrategia para tenernos adormecidos al día siguiente.

 

    El jueves por la mañana mi temor se cumplió. Cansados y con pocas horas de sueño, la Fundación pudo abducirnos a voluntad. Así, asistimos a una especie de mezcla entre rueda de prensa y publirreportaje en la que nos invitaron a tratar bien a los Premios en nuestra labor de periodistas. Finalizado el “auto bombo”, tuvimos el privilegio de escuchar el testimonio de supervivientes del Holocausto, que estaban en Oviedo con motivo de la entrega al museo del Holocausto de Jerusalén del premio de la Concordia. Sólo entonces lamenté de verás que nos hubieran fermentado con la sidra.

 

    Regresamos el mismo jueves por la tarde. Lo pasamos bien, pero tengo la sensación de que fue a pesar de Oviedo. Eso sí, siempre llevaré a Oviedo en mi hígado.

 

                                                        ***

 

    Ayer se estrenó la última película de Woody Allen, Cassandra´s Dream. Ha dicho Boyero que es mala, pero a mi me da igual. El lunes nos vemos en el cine.

 

 

 

 

 

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2 comentarios

Diego M -

Muy acertado el reportaje querido Oscar, pero se te olvidó comentar que Oviedo fue testigo de la fundación del CLUB DEL PEPINO. Hijos de Fatás, venid a mí!!!!
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Chic -

Si el objetivo era pasárselo bien, ya veo que lo has logrado. Aunque LaOrganización se empeñara en evitarlo invitando a copiosas comidas y culetes de sidra. Lo tenían perdido de antemano: como le dijo Hank Scorpio a Homer Simpson: "No hay nada que hacer, la felicidad se compone de las pequeñas cosas"

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